No quedan muchos mohicanos. No porque hayan desaparecido, sino porque han sido empujados a los márgenes, obligados a sobrevivir en silencio mientras el mundo se reparte entre imperios, tratados y discursos bien maquillados. El último mohicano no es una historia romántica en el sentido ingenuo; es una declaración política. Habla de resistencia, de identidad y de la certeza incómoda de que la historia casi nunca la escriben los justos, sino los vencedores.
Hay algo profundamente romántico —y peligrosamente subversivo— en defender lo que parece condenado. Amar una causa sabiendo que quizá no ganes. Eso es política real, no la de los parlamentos ni la de los comunicados oficiales, sino la que se ejerce con el cuerpo, con la dignidad y con la terquedad de quien no acepta que la desigualdad sea “natural”. La lucha por los derechos civiles, la justicia social y la igualdad no nace del consenso, nace del conflicto. De decir no cuando todos esperan obediencia. De proteger a los tuyos cuando el sistema solo protege a los fuertes.

La justicia social no es un eslogan reciclable ni una hoja de ruta global diseñada lejos del barro. No es una promesa futura ni una campaña institucional. Es una práctica incómoda, cotidiana, que incomoda al poder porque no se deja domesticar. Frente a la uniformización disfrazada de progreso, la justicia social exige diferencia real, pensamiento crítico y memoria. Ahí es donde fallan los grandes relatos como la Agenda 2030: prometen igualdad mientras normalizan la homogeneización, celebran la diversidad mientras penalizan la disidencia. Todo cabe, siempre que no cuestiones el marco.

Y sí, esta historia también pertenece a los locos. A los que no encajan, a los que no saben vivir sin cuestionar, a los que no aceptan verdades prefabricadas. Porque cada época necesita a sus mohicanos: personas incómodas, políticamente conscientes, emocionalmente comprometidas. No héroes perfectos, sino individuos dispuestos a defender lo justo aunque el precio sea alto.
El último mohicano no es el que se queda solo: es el que se niega a rendirse. Mientras quede alguien dispuesto a decir “esto no es justicia”, mientras exista una voz que no se deje uniformar, la historia no está cerrada.
Resistir hoy no es una pose, es una responsabilidad. Y aunque intenten convencernos de lo contrario, seguir luchando —a pesar de todo— sigue siendo el acto más radical que existe.
Cristina Pérez

Efectivamente, desde los márgenes, cerca de la subversión y la ilegalidad, resistir es una responsabilidad. Igual que buscar la Justicia Social.