Nunca pierdas la niña que hay en ti

Nunca pierdas la niña que hay en ti

Hay una niña dentro de cada uno de nosotros que se niega a callar. La que aún cree que las cosas pueden ser distintas. La que, con los ojos muy abiertos y sin cinismo, mira el mundo y dice: “esto se puede cambiar”.

No es ingenuidad tonta. Es la única forma sensata de seguir adelante.

Porque el día que esa niña se duerme, nos convertimos en adultos “realistas”. Esos que encogen los hombros y susurran “siempre ha sido así”, “la gente no cambia”, “para qué luchar si al final todo sigue igual”. Y con cada vez que repetimos esa frase, la utopía se aleja un poco más. Se vuelve un sueño infantil, algo ridículo, algo que solo los niños y los locos se atreven a nombrar en voz alta.

Pero yo sigo creyendo en esa niña.

Creo en ella porque la historia está llena de gente que se negó a perderla. Porque cada avance que hoy nos parece normal —el voto de las mujeres, el fin de la esclavitud legal, el matrimonio igualitario, los derechos laborales— empezó siendo una locura utópica. Alguien, en algún momento, tuvo la osadía de imaginar un mundo más justo y se puso a construirlo con las manos desnudas y el corazón terco.

La niña interior no es la que ignora el dolor. Es la que, a pesar del dolor, sigue creyendo que vale la pena intentarlo.

Es la que ve a una persona humillada en la calle y no aparta la mirada. Es la que, después de veinte años de batallas perdidas, sigue levantándose a escribir, a hablar, a organizar, a cuidar, a denunciar, a abrazar. Es la que entiende que la justicia social no se consigue con un solo golpe épico, sino con miles de gestos pequeños y obstinados: una palabra amable en el momento justo, una denuncia cuando nadie más se atreve, un “no” dicho con firmeza, un “sí” dado con generosidad, un espacio creado donde antes solo había silencio.

La dignidad de las personas no es un tema abstracto de filosofía. Es algo que se defiende cada día, en el trabajo, en la familia, en el transporte público, en las redes, en la cola del supermercado. Y defenderla requiere la misma terquedad inocente de una niña que no acepta que “así son las cosas”.

Por eso te pido, con toda la fuerza del corazón:

No dejes que te la quiten.

No dejes que los años, las decepciones, los “ya basta de soñar”, los “madura de una vez” te la arranquen. Guárdala como el tesoro más valioso que tienes. Cuídala cuando el mundo se ponga feo. Protégela cuando te digan que eres demasiado idealista, demasiado blanda, demasiado terca.

Porque esa niña es la que va a seguir creyendo, cuando todo parezca imposible, que otro mundo es posible. Es la que va a seguir luchando por la integridad de cada persona, aunque pase el tiempo, aunque las victorias sean pequeñas, aunque las derrotas duelan.

Y mientras ella esté despierta dentro de ti, la utopía no estará muerta. Estará viva, latiendo, esperando a que la sigamos construyendo con las manos, con la voz y con el amor terco de quien todavía se atreve a soñar en voz alta.

Nunca pierdas a la niña que hay en ti. El mundo la necesita más que nunca.

Cristina Pérez

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