Hay imágenes que no se explican con palabras. Golpean directo en el pecho y te dejan en silencio.
Esta es una de ellas: Luisa, Guardia Civil, viuda reciente, cargando a hombros el féretro de su marido Germán. Una mujer que, además de despedir al padre de sus hijos, despedía a su compañero de patrulla. “Quiero ser su mujer y su compañera”, dijo entre lágrimas. Y lo cumplió hasta el final, con una entereza que sobrecoge.
Germán y Jerónimo, dos guardias civiles veteranos del Servicio Marítimo, cayeron en acto de servicio mientras perseguían una narcolancha frente a las costas de Huelva. No fue un accidente. Fue el resultado previsible de una guerra sucia, desigual y cada vez más salvaje contra el narcotráfico.
Y ahí estaba Luisa. Sin pedir cuartel. Sin excusas. Cumpliendo con su deber, como siempre. Primero como agente, después como viuda y siempre como madre.
Esto es feminismo real
No el de salón, postureo y subvenciones. Este es el feminismo de trinchera: el que se pone el uniforme, sale a patrullar de noche sabiendo que puede no volver, y que, cuando cae su compañero, agarra el ataúd con dignidad y sigue adelante.
Luisa representa lo mejor de la Guardia Civil: vocación, coraje y lealtad sin fisuras. Mujeres y hombres que no entienden de géneros cuando se trata de servicio y sacrificio. Solo entienden de deber.

Su gesto ha sido una lección para todos. Porque para llevar sobre los hombros el peso de un féretro mientras se te rompe el alma se necesita una pasta especial. Y Luisa la tiene.
Exigimos responsabilidades
Hoy nos descubrimos ante Luisa, ante Germán, ante Jerónimo y ante todos los guardias civiles, policías militares, todos profesionales de riesgo que cada día salen a protegernos mientras son sistemáticamente abandonados por sus superiores políticos.
Es intolerable y vergonzoso el abandono al que el ministro Grande-Marlaska y el Gobierno de Pedro Sánchez han sometido a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Antes morían asesinados por ETA y hoy mueren a manos de los narcos, pero el silencio cómplice y la indiferencia del Gobierno siguen siendo los mismos.
Mientras las narcolanchas campan a sus anchas, los guardias civiles salen con medios insuficientes y escasa protección. Y para rematar la indignidad, María Jesús Montero ha tenido el cuajo de calificar estas muertes como un simple “accidente laboral”.
Qué contraste tan miserable: la grandeza de Luisa cargando el féretro de su marido con el alma rota frente a la miseria moral de quienes reducen el sacrificio de dos guardias civiles caídos en acto de servicio a un trámite administrativo. Mientras Luisa demuestra el valor de una mujer de verdad, Montero exhibe la bajeza de quien no distingue entre un accidente en una fábrica y dos agentes asesinados por narcos mientras defendían a España.

Llevan años debilitando su capacidad operativa, recortando medios, limitando sus herramientas legales y ofreciendo impunidad a las organizaciones criminales. Cada vez que cae uno de los nuestros, el Gobierno se llena la boca de “solidaridad”, pero luego sigue priorizando agendas ideológicas y mirando para otro lado.
Basta ya. Las profesiones de riesgo no merecen solo honores póstumos y minutos de silencio. Merecen recursos reales, apoyo jurídico firme, reconocimiento salarial digno y un Gobierno que las considere una prioridad nacional.
La sangre de Germán y Jerónimo exige algo más que lágrimas de cocodrilo. Exige un cambio radical: mano dura contra el narcotráfico, respaldo total a quienes lo combaten y cero tolerancia con quienes los dejan solos ante el peligro.
¡Ole tus narices, Luisa!
Eres ejemplo de madre, de mujer y de Guardia Civil, todo con mayúsculas.
Que Dios dé fuerza a ti y a tus hijos. Que el recuerdo de Germán sea vuestro mayor orgullo. Y que España despierte de una vez y exija que se proteja, de verdad, a quienes la protegen con su vida.
Descansa en paz, Germán.
Descansa en paz, Jerónimo.
Fuerza, Luisa.
🇪🇸 La Benemérita no se rinde. Y los españoles tampoco deberíamos.
Cristina Pérez González
