Ninguna mujer bajo una cárcel de tela

Ninguna mujer bajo una cárcel de tela

El burka y el niqab no son prendas de fe ni elecciones libres. Son cárceles de tela que borran a la mujer del mundo visible.

En un planeta que se jacta de avances en derechos humanos y equidad de género, es intolerable seguir tolerando estos símbolos de opresión disfrazados de tradición o religión. Cubren el rostro y el cuerpo entero, reduciendo a las mujeres a sombras anónimas, fantasmas ambulantes sin identidad, sin expresión, sin voz audible. Caminan entre nosotros sin ser vistas, sin ser reconocidas, sin poder interactuar como iguales. Su presencia se niega; su humanidad se condena al ocultamiento.

El burka convierte a la mujer en silueta negra sin rostro; el niqab le roba la sonrisa, el enfado, la risa, el llanto —todo lo que nos hace humanos—. Es la opresión tatuada en tela: «Tu cuerpo es peligro. Tu cara es tentación. Tu identidad sobra».

No empoderan; oprimen. Obligan a ocultar la identidad, limitan la interacción social y exponen a riesgos reales de salud (como deficiencia de vitamina D por falta de sol). En Afganistán o bajo regímenes talibanes, son obligatorios bajo amenaza de castigo —herramientas puras de dominación masculina—. Incluso en Occidente, donde algunas alegan «elección», esa decisión suele nacer de presiones familiares, comunitarias o adoctrinamiento desde la infancia. ¿Es libre una «elección» teñida de miedo al rechazo o la violencia? La verdadera libertad es autonomía sin coacción; estas prendas simbolizan lo opuesto.

No se ataca al islam —muchas musulmanas viven su fe sin velo facial y defienden su derecho a no usarlo—. Se cuestionan prácticas extremistas que subyugan, herederas de interpretaciones radicales y costumbres tribales preislámicas, no mandatos coránicos explícitos.

Países como Francia y Bélgica prohíben el burka/niqab en espacios públicos por razones claras: seguridad, integración e igualdad por encima de tradiciones regresivas. Imaginen aceptar mutilación genital o matrimonio infantil en nombre de la «cultura» — ¿por qué excusamos entonces esta forma de borrado?

Y no, esto no es libertad de culto. La libertad religiosa termina donde empieza la violación de derechos humanos. Invocar el multiculturalismo para justificar la opresión es un sofisma cobarde. ¿Desde cuándo la religión legitima invisibilizar a la mitad de la humanidad?

Pregunta incómoda para la izquierda progresista: ¿desde cuándo defienden con tanto celo prácticas religiosas opresivas que aplastarían en cualquier otro contexto?

La misma izquierda que denuncia sin descanso el patriarcado en Occidente —el machismo en la publicidad, el acoso laboral, la cosificación del cuerpo femenino— calla o incluso defiende el burka y el niqab por miedo a ser tildada de “islamófoba”. Es una hipocresía flagrante y selectiva: cuando la opresión viene envuelta en minoría cultural o religiosa, el feminismo se guarda en el cajón y el antirracismo se convierte en excusa absoluta.

Priorizan no ofender a conservadores religiosos antes que escuchar a las mujeres musulmanas que claman libertad, a las que huyen de regímenes talibanes, a las que arriesgan su vida por quitarse el velo.

La verdadera izquierda debería estar del lado de las oprimidas, no del lado de los opresores que usan la religión como escudo. No se puede luchar contra el patriarcado a medias: o se rechaza en todas sus formas o se pierde toda credibilidad.

Basta de relativismo cobarde disfrazado de tolerancia.

Las mujeres no son moneda de cambio en guerras identitarias.

No más silencio cómplice.

Apoyemos a las que luchan por ser vistas, no a las que las obligan a desaparecer.

Cristina Pérez

Un comentario en «Ninguna mujer bajo una cárcel de tela»

  1. Cristina, la izquierda ha dimitido de sus principios y de sus preocupaciones. Abandonan el campo de lo social para internarse por veredas extrañas, islamofilia, animalismo, defensa del aborto, lucha contra la familia tal y como ahora la concebimos y una lucha sin nombre pero efectiva y constante contra el sentimiento cristiano que informó la vida de occidente.
    La defensa del subyugamiento de la mujer en el Islam no tiene ningún sentido, pero en este mundo de mentiras y medias verdades, donde la Verdad como principio rector ha desaparecido, la sociedad ya ni se inmuta ni responde frente a tales actitudes.
    «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar», parece haberse convertido en el lema que define nuestra sociedad.
    Gracias por la actividad y la actitud de Cuaderno Azul, que rompe este páramo de mediocridad en Que estamos inmersos.
    Un cordial saludo.

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