La tumba de José Antonio Primo de Rivera ha sido profanada. Una vez más, actos vandálicos ensucian la memoria del fundador de la Falange.
Otro acto más que no solo atenta contra un símbolo histórico, sino que pisotea los valores de respeto y humanidad que deberían unirnos. En el n°4 del periódico «Arriba» de 11 de abril de 1935 aparece esta nota: «La Falange Española de las J.O.N.S., ante las primeras noticias de haber sido profanadas las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández, no quiere demorar por veinticuatro horas su repulsión hacia los cobardes autores de semejante acto. Quien demostrara su aquiescencia para tan macabra villanía no tendría asegurada ni por un instante su permanencia en la Falange Española y de las J.O.N.S., porque en sus filas se conoce muy bien el decoro de morir por una idea».

También inspirándonos en Rafael Sánchez Mazas, quien en su Oración por los Caídos proclamaba que “a la victoria que no sea clara y caballeresca, preferimos la derrota”, condenamos este gesto vil. Profanar una tumba no es un triunfo; es una derrota moral, un acto que nos aleja de la dignidad. Recordemos también a Federico García Lorca, cuya memoria, igualmente ultrajada por la violencia, nos enseña que el respeto a los caídos trasciende ideologías: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo”. Destruir una tumba es negar esa vida póstuma, esa memoria que merece ser honrada.
Curiosamente, quienes exigen respeto para los muertos de un bando son los primeros en mancillar los del otro, revelando su hipocresía. Este atentado no solo mancilla a José Antonio, líder de la Falange Española, sino que hiere a quienes creemos en un diálogo histórico basado en el respeto mutuo. Quienes cometen actos como este no buscan justicia; imponen su visión a través del agravio, negando la reconciliación. En un país que aún carga las cicatrices de su pasado, profanar una tumba es reabrir heridas, es elegir la discordia sobre la convivencia. El respeto a los muertos, sean del bando que sean, es un pilar de humanidad que no podemos permitirnos fracturar.
La ética joseantoniana, anclada en principios cristianos, rechaza la violencia, la mentira y la difamación como herramientas políticas, abrazando la dignidad, la integridad y la libertad de la persona. Lorca, víctima de la tragedia de nuestra Guerra Civil, nos recuerda que la grandeza reside en el amor, no en el odio. Exijamos que este acto sea investigado y sancionado con rigor. La memoria de José Antonio, como la de Lorca y tantos otros, merece ser preservada con dignidad, no porque compartamos sus ideas, sino porque honrar a los caídos es honrarnos como sociedad.

Que este ultraje no apague la luz de la memoria. La de José Antonio, como la de Lorca, como la de todos debe ser custodiada con reverencia, no por comulgar con sus credos, sino por tender un puente entre almas que el tiempo quiso enfrentar. La Falange, guiada por el amor y no por el odio, nos enseña que el fin nunca justifica los medios, que una tumba profanada es un grito mudo contra la reconciliación. Bajo el cielo de España, donde los muertos susurran, como cantaba Lorca, que el olivo y la cruz se abracen en la penumbra, que el silencio de las tumbas sea un canto de concordia. Solo así, honrando a todos los caídos, hallaremos la estrella que guíe a nuestra Patria hacia la paz.
Cristina Pérez González

La izquierda socialmarxista esta crecidita dado que la respuesta a sus acciones de derribo de cruces y lápidas así como su aptitud con el Valle de los Caídos no ha recibido aldis de hoy una respuesta que les amilane o contenga, bien que respetemos sus muertos pero de alguna manera les hemos de hacer saber que todo tiene un límite.