La Soberanía del Peñón de Gibraltar: Una Reivindicación de Estado en la Historia Reciente de España

La Soberanía del Peñón de Gibraltar: Una Reivindicación de Estado en la Historia Reciente de España

La reivindicación de la soberanía española sobre el Peñón de Gibraltar constituye una constante histórica en la política exterior de España, sostenida con firmeza por los distintos gobiernos, independientemente del signo político. Desde la etapa final del franquismo hasta la actualidad, todos los presidentes del Gobierno han mantenido, en mayor o menor grado, una misma línea diplomática: considerar a Gibraltar una colonia en territorio europeo cuya descolonización debe conducir a su reintegración a España.


La doctrina de la ONU: Gibraltar como colonia a descolonizar.


El respaldo más contundente a la posición española llegó en los años sesenta, cuando el proceso de descolonización impulsado por Naciones Unidas situó a Gibraltar en el centro del debate. La Resolución 2231 (XXI) de la Asamblea General de la ONU, aprobada el 20 de diciembre de 1966, reconocía el caso de Gibraltar como un caso de descolonización y llamaba al Reino Unido a iniciar negociaciones bilaterales con España para poner fin a esa situación colonial, “teniendo en cuenta los intereses de la población del Territorio, pero respetando la integridad territorial del Reino de España”.

Le seguiría la Resolución 2353 (XXII) de 1967, que reiteró esa exigencia y reafirmó que Gibraltar no era un caso de autodeterminación como otros territorios coloniales, sino una cuestión de integridad territorial, en la que el Reino Unido debía devolver la soberanía a España.  Desde entonces, estas resoluciones han sido el pilar jurídico internacional sobre el que se asienta la posición española.

De Suárez a Zapatero: una línea de Estado

Durante la presidencia de Adolfo Suárez González, en plena transición, la cuestión de Gibraltar no quedó fuera del radar diplomático. En 1977, en una reunión con el primer ministro británico James Callaghan, Suárez fue categórico:

“Las relaciones hispano‑británicas son excelentes, pero existe un obstáculo fundamental: Gibraltar. Sólo hubo una exigencia terminante: el reconocimiento de la soberanía española.” Ese mismo espíritu quedó reflejado en la Declaración de Lisboa de 1980, firmada con el Reino Unido, que abrió un proceso de diálogo bilateral bajo el paraguas de la ONU y estableció las bases para la reapertura progresiva de la verja. Ya en los años ochenta, el presidente Felipe González Márquez expresó en su discurso de investidura del 30 de noviembre de 1982:  “La actual situación colonial de Gibraltar atenta a la integridad del territorio nacional y menoscaba la posición internacional y estratégica de España.” Durante su mandato, la reivindicación continuó en clave diplomática.


Más adelante, José María Aznar López, desde el Partido Popular, manifestó en 2002: “España siempre aspirará a tener la soberanía plena sobre Gibraltar.”  Aznar Intentó alcanzar una fórmula de co-soberanía que no prosperó, aunque reforzó la idea de que Gibraltar era, para España, una cuestión de Estado.

En 2004, José Luis Rodríguez Zapatero, ante la Asamblea General de la ONU, reiteró el compromiso español con una solución negociada: “España mantendrá su voluntad negociadora de llegar a una solución que beneficie a la región en su conjunto y escuche la voz de ese territorio no autónomo.”  Apostó por el diálogo y la cooperación práctica, pero sin ceder en los principios históricos.

Jaime de Piniés: voz de España ante el mundo

En las décadas de 1960 y 1970, el diplomático Jaime de Piniés, delegado permanente de España ante la ONU durante el régimen del general Franco, defendió incansablemente en la Asamblea General la devolución de Gibraltar. Con una oratoria firme y documentación exhaustiva, denunció el incumplimiento británico de las resoluciones y recordó que la integridad territorial española no podía ser fragmentada bajo la coartada de una autodeterminación improcedente.

La última verja de Europa y el precio del sacrificio

La verja de Gibraltar —símbolo del aislamiento colonial y frontera artificial entre pueblos hermanos— no solo ha sido una barrera física, sino también un recordatorio trágico del conflicto. En la historia reciente, algunos pagaron con su vida el intento de reclamar lo que consideraban justicia nacional.

El 11 de enero de 1944, dos jóvenes españoles, José Martín Muñoz y Luis López Cordón-Cuenca, militantes falangistas, fueron condenados a muerte por un tribunal británico en Gibraltar y ejecutados en la prisión del Peñón, acusados de espionaje y sabotaje. Fueron ejecutados por el veterano verdugo británico Albert Pierrepoint, quien viajó clandestinamente al Peñón para llevar a cabo ambas ejecuciones.  Según relató el periodista Santiago Belausteguigoitia, la soga con la que fue ahorcado Luis López aún se conserva en la prisión de Gibraltar.  Los cuerpos de ambos fueron colgados junto a la verja. Su muerte fue interpretada por algunos sectores del régimen franquista como un acto de resistencia contra el ocupante colonial, y por otros como una tragedia silenciada por razones diplomáticas. Lo cierto es que la verja de Gibraltar fue testigo de su sacrificio, y su historia sigue siendo una herida abierta, un símbolo del precio pagado por quienes creyeron que la soberanía debía recuperarse incluso a costa de la vida, aunque fuese colgando de sogas de Su Graciosa Majestad.

Y al final, como eco de siglos de litigio, memoria y resistencia, quedan los versos sencillos que aún susurran al pie de la roca:

“A mi Patria te robaron 

tierra hispana del Peñón

y tus torres son holladas

por el asta de un extraño pabellón”.

Alfonso Bernard

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