NO A LA GUERRA

La guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán representa una de las agresiones más cínicas y deshumanizadas de la era contemporánea. Bajo el mando de Donald Trump, aliado incondicional de Benjamin Netanyahu, se ha lanzado una campaña de bombardeos masivos que ha asesinado al líder supremo Ali Khamenei, destruido infraestructuras civiles —incluyendo escuelas y depósitos de petróleo en Teherán— y causado cientos de muertes, muchas de ellas entre la población civil. Esta operación, disfrazada de «defensa preventiva» contra un supuesto programa nuclear, no busca proteger a nadie más que los intereses geoestratégicos de Washington y Tel Aviv: control del petróleo, debilitamiento de un rival regional y, en última instancia, un cambio de régimen que favorezca a sus aliados. Trump ha llegado a declarar que los altos precios del crudo son un «pequeño precio a pagar», revelando el verdadero rostro de esta aventura bélica: no se trata de defender al pueblo iraní oprimido por su teocracia, sino de imponer una dominación que ignora por completo el sufrimiento humano en las calles de Irán.

El cinismo se agrava al observar cómo esta intervención ignora cualquier genuina preocupación por los derechos del pueblo iraní. El régimen de los ayatolás ha sido brutal con su propia población —represión de protestas, ejecuciones, censura—, pero los bombardeos indiscriminados no liberan a nadie: solo generan más caos, desplazamientos masivos y una consolidación del poder duro en Teherán, ahora con el hijo de Khamenei como nuevo líder supremo. Trump y Netanyahu no han mostrado el menor interés en apoyar movimientos democráticos internos ni en ofrecer una salida política; su objetivo es la destrucción militar y la humillación, no la emancipación. Esta guerra no es una cruzada por la libertad, sino una jugada imperial que sacrifica vidas iraníes en el altar de la hegemonía occidental-israelí, mientras el discurso de «amenaza inminente» se desmorona ante la evidencia de que no existía un ataque nuclear inminente contra nadie.

Sin embargo, rechazar esta agresión no equivale a avalar las posturas hipócritas de ciertos líderes europeos. Pedro Sánchez, con su enfático «no a la guerra», se presenta como paladín de la paz y el derecho internacional, condenando la acción unilateral de Trump y Netanyahu como un «error extraordinario» que recuerda las mentiras de Irak en 2003. Pero su discurso pierde toda credibilidad cuando se observa la contradicción flagrante: mientras proclama pacifismo, España mantiene su participación en misiones militares aliadas —como el despliegue de la fragata Cristóbal Colón en el Mediterráneo oriental o el envío de tropas en contextos OTAN que apoyan indirectamente la escalada regional— y no ha roto del todo con las dinámicas de apoyo logístico o político a Israel en otros frentes, como Gaza. Decir «no a la guerra» mientras se envían soldados o se permite el uso de bases para operaciones aliadas es postureo electoral, no coherencia ética. La verdadera oposición a la guerra no puede ser selectiva ni oportunista.

En definitiva, esta conflagración expone la podredumbre de un orden mundial donde las potencias actúan por conveniencia y los críticos moderados se limitan a gestos simbólicos. Ni Trump ni Netanyahu defienden al pueblo iraní —solo sus propios intereses—, ni Sánchez encarna una alternativa real de paz cuando su gobierno sigue atado a las mismas alianzas belicistas. Lo que queda es una tragedia anunciada: más destrucción, más odio regional y menos esperanza para los pueblos atrapados entre tiranías teocráticas y bombardeos imperiales. La única salida digna pasa por rechazar tanto la agresión como la hipocresía que la acompaña, exigiendo un alto el fuego inmediato y genuino, sin tutelas externas ni dobles raseros.

Cristina Pérez

Un comentario en «NO A LA GUERRA»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba