La juventud que se compromete con todo menos con su propia vida
España no tiene sólo un problema de natalidad o de envejecimiento. Tiene también un problema de juventud. Una juventud capaz de abrazar causas nobles, lejanas o incluso imposibles, de exhibir sensibilidad moral, de movilizarse por el clima, por Gaza, por los animales, por identidades y derechos de toda clase, pero cada vez más reacia a asumir las formas elementales de continuidad: salir de casa, estabilizar una convivencia, formar un hogar, tener hijos, levantar una vida propia sin tutela prolongada. Y ese desfase entre fervor moral e inmadurez civil no es una anécdota generacional. Es otro síntoma del problema existencial español.
Se habla mucho de los jóvenes españoles. Casi siempre con un tono entre la compasión sociológica y la propaganda institucional. Unas veces aparecen como víctimas estructurales: del precio de la vivienda, de la precariedad, de los salarios bajos, de un mercado laboral que les exprime y no les deja arraigar. Otras, como reserva moral del país: sensibles a la injusticia, atentos a lo lejano, movilizados por causas planetarias, por sufrimientos remotos, por el ideal de una reparación universal.
Algo de todo eso es cierto. Sería absurdo negarlo. Pero no basta.
Hay una pregunta más incómoda, y también más seria: qué clase de juventud está produciendo hoy España.
La cuestión importa porque la juventud no es una simple franja estadística. No es sólo una cohorte entre los 18 y los 34 años. Es el tramo de la vida en que una sociedad pone a prueba su porvenir. Es el momento en que una generación debería ir dejando atrás la mera receptividad, empezar a cargar con responsabilidades, ordenar deseos, aceptar límites, levantar un hogar, comprometerse con alguien, decidirse por algo, dejar de vivir en suspenso. Cuando eso no ocurre, el problema ya no es sólo económico. Es civilizatorio.
Y, visto desde ahí, lo que ocurre en España resulta inquietante.
Los datos son bastante elocuentes. El Consejo de la Juventud de España situó la tasa de emancipación juvenil en el 14,8% en el primer semestre de 2024, y en el 15,2% en el segundo semestre de ese mismo año, en ambos casos en niveles excepcionalmente bajos. El Informe Juventud en España 2024 fija la edad media de emancipación en 30,4 años. Y Eurostat señala que en 2024 los jóvenes en la UE abandonaban el hogar parental a una media de 26,2 años, mientras España se mantenía claramente por encima de esa referencia europea. No estamos, por tanto, ante un pequeño retraso. Estamos ante una prolongación estructural de la dependencia.
Conviene decirlo sin rodeos: eso tiene una raíz material muy real. No se puede escribir seriamente sobre esta cuestión fingiendo que todo es pereza moral o decadencia sentimental. El acceso a la vivienda está roto para una gran parte de la juventud. El propio Consejo de la Juventud advertía de que una persona joven asalariada tendría que destinar más del 100% de su salario neto para alquilar en solitario una vivienda mediana. Eso no es una impresión: es una barrera objetiva. Una barrera brutal.

Pero tampoco sería serio detenerse ahí y dar el asunto por resuelto. Porque una dificultad objetiva puede generar dos respuestas muy distintas. Puede empujar al sacrificio, a la maduración, a la sobriedad, al esfuerzo por salir adelante. O puede favorecer una adaptación blanda a la dependencia, una mezcla de resignación y comodidad, un modo de vivir en pausa, sin asumir del todo que el tiempo pasa y que la vida adulta no llega sola: hay que salir a buscarla.
Y en España se ve demasiado eso. Mucha queja legítima, sí. Mucho obstáculo real, también. Pero a la vez una cultura entera que ha terminado por normalizar la juventud prolongada. Una juventud que quiere libertad simbólica, pero no siempre autonomía real. Que exige reconocimiento, pero difiere el deber. Que reacciona con gran intensidad ante causas abstractas, pero se muestra mucho más indecisa ante las obligaciones concretas que sostienen una vida propia.
Aquí conviene afinar el diagnóstico para no caer en caricaturas. No es exacto decir que la juventud española, en bloque, no quiere tener hijos. Los datos no dicen eso. El Informe Juventud en España 2024 recoge que el 72% de las personas jóvenes entre 15 y 34 años desearía tener algún hijo o hija. El problema es que ese deseo apenas se convierte en realidad: entre quienes tienen entre 30 y 34 años, sólo el 19% ha llegado a ser padre o madre. Y el CIS, en 2024, mostraba que una amplia mayoría atribuía la ausencia de hijos a la falta de medios económicos. Es decir, el bloqueo no es sólo ideológico ni sólo íntimo. Es también material. Muy material.
Ahora bien, una vez reconocido eso, todavía queda otra parte del problema. Porque una sociedad no se explica sólo por lo que impide, sino también por lo que celebra, tolera o deja de exigir.
Y lo que España lleva tiempo celebrando, casi sin darse cuenta, es una forma de adolescencia alargada. Más limpia que la de otras épocas, más correcta, más higiénica, más civilizada en las formas. Pero alargada al fin. Se retrasa todo: la salida de casa, el matrimonio, la convivencia estable, la llegada de los hijos, la construcción de un patrimonio propio, la aceptación de un deber irreparable. Se vive más tiempo en casa de los padres. Se acude a ellos como red financiera si hace falta. Se reclama independencia, pero se sigue contando con una protección doméstica que amortigua casi todo. Y, al fondo, muchas veces sin decirlo en voz alta, opera una expectativa muda: que algún día llegarán la herencia, el piso, la plaza de garaje, la casa del pueblo o los ahorros acumulados por otros.
No es una acusación moral individual. Es una descripción de clima. De ambiente. De costumbre.
Ese clima tiene consecuencias directas sobre la estructura del país. En 2024 España registró 318.005 nacimientos, con una fecundidad de 1,10 hijos por mujer y una edad media a la maternidad de 32,6 años; entre las madres españolas, la media subió a 33,2 años. En ese mismo año hubo 175.364 matrimonios, con una tasa bruta de nupcialidad de 3,6 por mil habitantes. Todo empuja en la misma dirección: emancipación tardía, vínculos tardíos o frágiles, maternidad retrasada y fecundidad mínima. No se trata de una intuición cultural suelta. Tiene traducción estadística. Muy clara.
Por eso puede decirse que una parte de la juventud española vive en una especie de minoría de edad prolongada. No en el sentido jurídico, claro. Ni siquiera en el biológico. En el sentido civil. Aplaza el aterrizaje. Demora la forma. Vive como si el tiempo siguiera abierto indefinidamente y como si la vida adulta pudiera convocarse a voluntad, más adelante, cuando por fin se alineen las condiciones perfectas. Pero la vida casi nunca concede esas condiciones perfectas. Y una sociedad que acostumbra a esperar ese momento ideal acaba por no fundar nada.
Aquí el contraste con José Antonio resulta útil, porque él no entendía la juventud como una categoría estética ni como una zona libre de obligaciones, sino como una responsabilidad histórica. En Juventudes a la intemperie describía a una generación decepcionada por los viejos partidos, por sus lenguajes vacíos y sus fórmulas gastadas; pero precisamente por eso le atribuía una misión: llevar a cabo por sí misma la edificación de la España entera, armoniosa.

No es un matiz menor. En otro pasaje decisivo insistía en que la generación no era un simple dato de calendario, sino un valor histórico y moral, del que quedaban fuera, por jóvenes que fuesen, quienes se desentendieran del afán colectivo. Y en la Antología seleccionada por Torrente Ballester aparece formulado con gran claridad que todas las juventudes conscientes de su responsabilidad se afanan en reajustar el mundo, y que ese reajuste exige acción, sí, pero también pensamiento.
Ahí está, en el fondo, la distancia entre aquella idea de juventud y la actual. Para José Antonio, la juventud estaba llamada a asumir una tarea. No a prolongarse. No a instalarse. No a vivir indefinidamente en un estado sentimental de disponibilidad. Era edad de servicio, de construcción, de riesgo, de forma. Hoy, en cambio, una parte considerable del imaginario juvenil parece moverse en otra dirección: adhesión moral intensa, sí; construcción vital concreta, mucho menos.
Y por eso la crítica a la juventud actual no debería formularse como la vieja queja gruñona de “estos jóvenes de ahora”. No va por ahí. No se trata de reprocharles que tengan ideales. Mejor eso que la pura apatía. El problema es otro: que muchas veces esos ideales funcionan como sustitutivos. Como una vía de elevación moral que evita la prueba incómoda de la realidad próxima. Se cuida con enorme entrega una causa remota, pero se posterga el compromiso cercano. Se habla mucho de cuidados, pero cuesta cuidar de verdad. Se milita por la humanidad entera, pero se vacila ante la idea de fundar una familia. Se reivindican todas las identidades posibles, pero se elude la identidad adulta más elemental: esposo, esposa, padre, madre, responsable de alguien más que de uno mismo.

Incluso el auge del universo de las mascotas, sin necesidad de caricaturizarlo, apunta en esa dirección. La industria española de alimentación para animales de compañía facturó 2.053 millones de euros en 2024, y el mercado zoosanitario para pequeños animales movió en 2025 alrededor de 549 millones de euros en medicamentos, según datos sectoriales. No hay nada censurable en cuidar bien a un animal. Lo significativo no es eso. Lo significativo es que una sociedad encuentre cada vez más natural volcar afecto, dinero y disciplina en vínculos controlables y reversibles, mientras retrasa o evita vínculos humanos más exigentes, más inciertos y más irreversibles. Ahí asoma una verdad incómoda. No veterinaria. Antropológica.
No se trata, por supuesto, de dividir el mundo entre jóvenes culpables y padres virtuosos. Tampoco de idealizar generaciones anteriores, como si hubieran sido ejemplares en todo. No lo fueron. Cada época fabrica sus coartadas. Pero la coartada de la nuestra parece bastante visible: una mezcla de precariedad real y consentimiento blando, de impotencia económica y evasión moral, de lucidez crítica y renuncia íntima. La juventud española detecta con rapidez muchas injusticias del mundo, pero tolera demasiado la desestructuración de su propia vida. Denuncia el sistema, pero a menudo negocia con él una larga prórroga. Protesta contra lo heredado, pero vive demasiado tiempo bajo el amparo de esa misma herencia futura.
Y, sin embargo, una nación no se rehace con adolescencias prolongadas. Se rehace con adultos. Con hombres y mujeres capaces de pasar del gesto a la forma. Del sentimiento a la institución. De la consigna a la casa. Del ideal abstracto a una vida sostenida en primera persona.
La continuidad española depende de eso tanto como de la natalidad o de la ancianidad. Porque no basta con que nazcan niños, si antes no hay jóvenes que quieran y puedan dejar de ser jóvenes a tiempo.
Por eso el problema juvenil español es también existencial. No habla sólo de salarios, alquileres o tasas de emancipación. Habla de una cultura que ha vaciado el prestigio de la madurez. Habla de una sociedad que permite que sus jóvenes vivan cada vez más tarde la vida real. Habla de una comunidad que ya no transmite con claridad que crecer no es ampliar indefinidamente las opciones, sino aceptar deberes, sostener vínculos y asumir consecuencias.
La pregunta final, en realidad, es sencilla. Quiere España seguir siendo una sociedad de generaciones enlazadas o resignarse a convertirse en una suma de individuos retrasados en su aterrizaje vital. Si quiere lo primero, tendrá que afrontar a la vez las dos caras del problema: la material y la moral. Habrá que abaratar el acceso a la vivienda, mejorar salarios, facilitar la emancipación y hacer menos inviable la crianza. Pero también habrá que devolver honor simbólico a la madurez, al matrimonio, a la convivencia estable, a la paternidad, a la maternidad y a esa vieja verdad que hoy incomoda tanto: que una vida adulta no se mide sólo por lo que siente, sino por lo que sostiene.
Porque una juventud que se compromete con todo menos con su propio relevo acaba comprometiéndose, sin decirlo, con la desaparición de aquello mismo que asegura querer salvar.
Alfonso Bernad
