Denunciamos con profunda tristeza y firmeza el caso de Noelia Castillo, la joven de 25 años de Barcelona que ayer recibió la prestación de ayuda para morir. Parapléjica tras un grave trauma y con un sufrimiento que ella describió como insoportable. No celebramos ni aceptamos esta decisión como un ejercicio legítimo de autonomía. La verdadera ética exige rechazar la ley de eutanasia vigente desde 2021, porque el Estado no tiene derecho moral a facilitar la muerte de sus ciudadanos, por mucho que se presente como “digna” o “elegida”.
Según los datos oficiales del Ministerio de Sanidad (Informe Anual 2024, diciembre 2025): desde la entrada en vigor de la ley hasta el 31 de diciembre de 2024 se registraron 2.432 solicitudes de prestación de ayuda para morir. De ellas, 1.123 terminaron en eutanasia efectiva (el 46 %). Solo en 2024 se realizaron 426 prestaciones, un 27,5 % más que el año anterior. Más de mil personas han sido eliminadas con la colaboración activa del sistema sanitario en menos de cuatro años.
Nos escandalizamos con el caso visible y el circo mediático de Noelia, pero miramos para otro lado ante las eutanasias y abortos que se producen cada semana en silencio. Y, sobre todo, ignoramos a quienes el sistema abandona: personas que sufren en la oscuridad, sin apoyos reales, y que terminan quitándose la vida solas, fuera de cualquier garantía. Esta doble moral revela el fracaso del Estado: en lugar de invertir con urgencia en salud mental, rehabilitación integral, atención a víctimas de trauma y políticas de prevención del suicidio, prioriza regular y ejecutar la muerte.
La ética pro-vida defiende que toda vida humana posee dignidad intrínseca e inalienable, desde la concepción hasta la muerte natural. No depende de la autonomía, la “calidad de vida” percibida ni del nivel de sufrimiento. Convertir la vida en un objeto de elección individual —ya sea en el útero mediante el aborto o en la vejez o discapacidad mediante la eutanasia— es el mismo error antropológico: reducir la persona a un medio que puede descartarse cuando resulta costosa, dolorosa o “indigna” según criterios subjetivos.
El Estado tiene la obligación moral de proteger la vida de los más vulnerables, no de ofrecerles una salida administrativa hacia la muerte. Facilitar la eutanasia o el aborto no es compasión; es abandonar la responsabilidad de cuidar y acompañar.
Es más fácil —y más barato— legalizar la muerte que transformar las condiciones que la hacen deseable. Mientras celebramos como “avance” el aumento de eutanasias o abortos, seguimos sin garantizar una verdadera vida digna a quienes más lo necesitan.
No juzgamos el dolor personal de Noelia ni de quienes han recurrido a esta ley. Pero rechazamos con claridad tanto la ley de eutanasia como la del aborto, porque ambas traicionan el deber ético fundamental: defender a las personas, especialmente cuando son frágiles, dependientes o aún no han nacido. La coherencia pro-vida exige priorizar la protección de la vida sobre cualquier supuesto “derecho a elegir” que termine eliminándola.
Si de verdad queremos dignidad, exijamos al Estado que ofrezca alternativas reales de vida, cuidados, apoyo y esperanza. No más salidas fáciles hacia la muerte. La sociedad que normaliza desechar vidas vulnerables acaba destruyendo el fundamento de todos los derechos.

«Dos manos se unen no para apagar, sino para abrazar. En su centro, una llama pequeña tiembla: es la vida, frágil como el aliento, digna como el alba. No la extinguimos cuando duele. La protegemos. La cuidamos. La amamos. Esa es la verdadera dignidad humana.»
Reflexionemos con honestidad. Defender la vida no es imponer sufrimiento: es negarse a abandonar a quien sufre.
Defender la vida no es una opción ideológica: es el imperativo ético más básico del humanismo. Mientras sigamos aceptando leyes que convierten el sufrimiento en motivo suficiente para eliminar a la persona, estaremos traicionando lo más sagrado que tenemos: la dignidad inviolable de cada ser humano. Basta ya de doble moral. Exijamos un Estado que cuide la vida, que acompañe el dolor y que nunca abandone a nadie a su suerte. La verdadera dignidad humana no termina en una inyección letal; se construye día a día protegiendo y valorando la vida de los más vulnerables.
Cristina Pérez

Excelente exposición.