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El desgarrador discurso de Liliana Sáenz en el funeral por las víctimas celebrado el jueves en Huelva. Es un texto, cargado de emoción, humanidad y Fe. que deben leer todos los españoles:
«En primer lugar, gracias a nuestra diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo.
Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… Gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda. Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará, así como a la ciudad cordobesa, a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre. Sin pensar en las consecuencias, no dudaron en sumirse en el caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas.

Gracias a los cuerpos de seguridad y emergencias que acudieron prestos, como siempre, a la llamada. Hicieron lo que pudieron con la información y los medios de los que disponían. Gracias por vuestra empatía, vuestra cercanía y vuestro afecto en los días posteriores. Gracias a la sanidad andaluza, sin duda sostenida por los profesionales que la integran. Yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo. Yo sé lo que es intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte.
Tuvo que ser durísimo, compañeros. Y gracias al personal y voluntarios de Cruz Roja, que no han soltado nuestra mano en ningún momento. Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela. Si no puedes consolar, acompaña.
Gracias, infinitas gracias a Huelva, nuestra querida ciudad bendecida por el sol, que no ha dejado de arroparnos de una forma extraordinaria, haciéndonos llegar la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador.
Y así han ido pasando los días y el dolor va dejando paso a los recuerdos, y nuestro corazón, aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpen continuamente en nuestra mente.
«Yo tendría algo más de pocos años cuando un día le pregunté a mi madre: —Mami, ¿tú cuánto dinero ganas? Supongo que sería algo que hablábamos entre chiquillos. —Lo justo, cariño —me dijo ella—, porque lo que queda en mi cuenta a final de mes no es mío. —¿Y de quién es, mamá? —le pregunté, porque no lo comprendía. —De los demás —me dijo ella.
Así era mi madre: generosa con todo lo que tenía, generosa con sus ganas, generosa con su tiempo, generosa con sus sonrisas… Así era ella».
Y es que lo que perdimos ese fatídico domingo 18 de enero no era solo una cifra. Eran vagones llenos de virtudes y defectos, eran vagones llenos de triunfos y derrotas, eran vagones llenos de anhelos y silencios… Eran vagones llenos de esperanza.
Ellos no solo son los 45 del tren. Ellos eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos. Ellos eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas. Ellos no solo son los 45 del tren. Ellos eran la ilusión de buscar un futuro mejor, la alegría de disfrutar momentos en familia o el deseo de volver con nuestros seres queridos… Ellos eran eso que ya nunca serán.
Porque ellos no son solo los 45 del tren. Ellos eran parte de una sociedad tan polarizada que empezó a resquebrajarse hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta. Ellos no son solo los 45 del tren… pero son los 45 del tren. Y nosotros… nosotros somos las 45 familias a las que se les paró el reloj a las 19:45 de aquella fatídica tarde.
Somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos. Somos las 45 familias que cambiarían todo el oro de este mundo, que ahora no vale nada, por poder mover las agujas del reloj tan solo 20 segundos.
Y también somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará. Sabremos la verdad, lucharemos para que nunca haya otro tren, pero lo haremos desde la serenidad, desde el alivio, desde la paz de saber que… En los brazos de la Virgen ahora duermen, y el regazo de una madre que los quiere es quien los mece.
Virgencita de la Cinta, patrona de este gran pueblo, dales paz, serenidad, descanso eterno.
Virgen Bella, Virgen guapa, no los sueltes de tu vera, que no sientan el dolor, que no sientan la miseria.
Que la Virgen de la Peña los cobije para siempre y en el abrazo del Valle la vida venza a la muerte.
Madre de la Almudena, Virgen que guía el Camino, llévales el beso mudo, ese adiós que no les dimos.
Remedios, madre querida, reina del aljaraqueño, bríndales tus firmes manos, que ya nunca tengan miedo.
Madre del Amor Hermoso, reina de la Victoria, Dolores del negro luto, concédeles tú la gloria.
Y guía también nuestras vidas, humilde Virgen del Sol, y que la misericordia lata en nuestro corazón.
Haz que cese este dolor, Virgen Morena del Carmen, llévate esta cruel espada con la espuma de los mares.
Y tú, Virgen del Rocío, la que alumbra mis desvelos, la que siempre me acompaña cuando me rompo por dentro, abraza sus corazones y llévales un suspiro con una canción de amor por los años compartidos.
Diles que tenemos paz y que seremos valientes, que el odio no nacerá en la rabia que nos crece, que volverán las sonrisas y seguiremos viviendo, y este amor no morirá, vivirá de sus recuerdos.
Diles tú, blanca Paloma, pastora de la Rocina, que siempre los sentiremos con el sol o con la brisa, y que con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos.
Descansen en paz...»

Virgencita de la Cinta, patrona de este gran pueblo, dales paz, serenidad, descanso eterno.