Trenchy y Cholo, falangistas y espeleólogos asturianos, se casaron hace 53 años en la Cuevona de Tito Bustillo, en Ribadesella. Su hija Cristina les rinde homenaje con este artículo.

Queridos mamá y papá,
Hoy, 29 de junio de 2025, me siento a escribiros esta carta con el corazón lleno de amor y orgullo, celebrando los 53 años de aquel día increíble en que unisteis vuestras vidas en la Cuevona de Tito Bustillo, en Ribadesella. Esa boda, el 29 de junio de 1972, no fue solo la formalización de vuestro amor, sino un reflejo de vuestro espíritu valiente, vuestro compromiso con los ideales falangistas y vuestra pasión por vivir la vida al máximo. Me aventuro a escribir estas líneas en nombre de mis hermanos y de vuestros nietos Noa, Valeria y Diego para rendiros homenaje, recordando no solo vuestro amor, sino también a Fray Pacífico, que bendijo vuestra unión. Papá, aunque ya no estés con nosotros, tu presencia sigue viva en cada rincón de nuestras almas, y nunca te olvidamos.






Un amor tallado en la roca de la Cuevona
Mamá, papá, elegir la Cuevona para casaros no fue algo al azar. Esa cueva mágica, donde la tierra parece abrirse al cielo, era el reflejo perfecto de quiénes erais: dos almas intrépidas, fundadores del Grupo de Espeleología Polifemo, que encontrasteis en la aventura y la exploración una forma de vivir y compartir vuestro amor. La Cuevona no era solo un lugar; era un símbolo de vuestra fuerza, de vuestra manera de desafiar lo convencional y de vuestro compromiso con algo más grande que vosotros mismos. Ese día, rodeados de amigos y con la roca como testigo, sellasteis un pacto que ha resistido el tiempo, como las paredes de esa cueva que tanto queríais.
Papá, Cholo, siempre te recordamos como un hombre de acción, un espeleólogo que no solo conquistaba cuevas, sino también corazones. Tu trabajo primero en el Frente de Juventudes, luego la OJE y terminando en el Patronato Loma Riviellas, formando a jóvenes en valores de esfuerzo y camaradería, nos enseñó a todos lo que significa entregarse a los demás. Mamá, Tenchy, tu valentía y tu dedicación, siempre al lado de papá, nos mostraron que una mujer puede ser fuerte, decidida y fiel a sus principios, siendo una gran madre. Juntos, vivíais el espíritu falangista: un amor profundo por la patria, un compromiso con la justicia social y una fe inquebrantable en Dios y en los ideales que dan sentido a la vida.




Fray Pacífico: el alma de vuestra unión
No puedo hablar de ese día sin mencionar a Fray Pacífico, el capuchino que ofició vuestra boda y dejó una marca imborrable en vuestras vidas y en las nuestras. Su presencia en la Cuevona dio a la ceremonia un carácter sagrado, convirtiendo la roca misma en un altar. Fray Pacífico, con su fervor religioso y su amor por el falangismo, entendía que vuestro matrimonio no era solo un acto de amor, sino un compromiso con los valores que compartíais: la fe, la justicia social y la entrega a los demás. Su vida, desde su infancia humilde en Pobladura de los Oteros hasta sus misiones en Ecuador y Venezuela, fue un ejemplo de entrega total. Él no solo os unió en matrimonio, sino que os recordó que el amor verdadero es también una lucha, un acto de resistencia y sacrificio.
Fray Pacífico de Pobladura, nacido Andrés María Álvarez Gutiérrez (1927-1983), fue un misionero capuchino y falangista cuyo talante se definió por una entrega apasionada a los ideales de servicio, sacrificio y compromiso con los más desfavorecidos, integrando su fe cristiana con los principios falangistas de unidad y justicia social. Su vida, marcada por la coherencia entre sus creencias y acciones, se expresó tanto en su labor misionera, dejando un legado que fusionó espiritualidad y acción social.
En el ámbito misionero, Fray Pacífico destacó por su trabajo en Hispanoamérica, especialmente en Venezuela, donde se dedicó a la evangelización y al desarrollo humano de comunidades marginadas. Desde su llegada en 1951, tras ser ordenado sacerdote, se involucró profundamente en las misiones capuchinas, trabajando en regiones como Puerto La Cruz y Cumaná. Su enfoque no se limitaba a la predicación religiosa; organizó campañas para mejorar las condiciones de vida de los más pobres, promoviendo educación, salud y valores cristianos. Su carisma y energía incansable lo convirtieron en una figura querida, capaz de conectar con las comunidades a través de un servicio desinteresado, siempre llevando consigo la camisa azul de la Falange bajo su hábito franciscano como símbolo de su compromiso con una España unida y un ideal de justicia social.
En el terreno literario, Fray Pacífico canalizó su fervor ideológico y espiritual a través de la escritura, para difundir no solo contenido teológico, sino también reflexiones sobre la dignidad humana y la responsabilidad social, resonando con los valores falangistas de fraternidad y sacrificio. Entre sus obras destaca *Héroes* (1955), un libro donde exalta figuras que, desde su perspectiva, encarnaban el ideal de entrega total por una causa mayor, combinando ejemplos de santidad cristiana con el espíritu combativo de la Falange. También escribió numerosos artículos y homilías que circulaban entre las comunidades misioneras y en España, inspirando a otros a vivir con autenticidad su fe y compromiso social. Sus textos, impregnados de un estilo directo y apasionado, buscaban movilizar conciencias, denunciando injusticias y llamando a la acción.
Fray Pacífico vivió su falangismo no como una mera ideología política, sino como un modo de vida que complementaba su vocación misionera. Su muerte en 1983, mientras continuaba su labor en Venezuela, fue un reflejo de su entrega absoluta: murió en el campo de misión, sirviendo a los demás hasta el último instante. Su legado perdura como ejemplo de cómo la fe y los ideales pueden converger en una vida dedicada al servicio, dejando huella tanto en las comunidades que ayudó como en los escritos que inspiraron a generaciones posteriores.



Mi carácter guerrero, forjado por vosotros
Mamá, papá, ser hija de Tenchy y Cholo es un orgullo inmenso, y sé que mis hermanos y vuestros nietos sienten lo mismo. Nos criasteis con el ejemplo de vuestra valentía, vuestro compromiso y vuestro amor por los ideales falangistas. Ese espíritu combativo que os llevó a casaros en una cueva, a explorar lo desconocido y a dedicar vuestras vidas a formar a otros ha moldeado mi carácter de una manera profunda. Soy guerrera porque me enseñasteis que la vida es una lucha por algo más grande: por la familia, por la patria, por la fe. Soy combativa porque vi en vosotros la fuerza para enfrentar cualquier desafío, ya fuera una cueva oscura o las dificultades de la vida.
El falangismo que compartíais con Fray Pacífico no era solo una ideología; era una forma de vivir con pasión y entrega. Me enseñasteis que ser falangista es ser leal, es sacrificarse por los demás, es buscar la justicia y la unidad. Ese legado me ha dado un carácter que no se rinde, que enfrenta las adversidades con la cabeza alta y que encuentra en la fe y en los valores un faro para guiarse. Mis hermanos y vuestros nietos llevamos ese mismo fuego, esa chispa que vosotros encendisteis.
Un amor que sigue inspirando
Papá, tu ausencia pesa, pero nunca te olvidamos. Tu serenidad, tus consejos, tu fuerza y tu amor por nosotros siguen vivos en cada historia que contamos, en cada paso que damos. Mamá, tú sigues siendo nuestro pilar, nuestra roca, como la Cuevona que os vio juraros amor eterno. Gracias, mamá, gracias, papá, por enseñarnos que el amor, como la lucha, es un acto de valentía. Que este aniversario sea un recordatorio de que vuestro legado, como las rocas de la Cuevona, es eterno.
Con todo mi cariño,
Cristina Pérez González
